Jesús dijo esto al inicio mismo de su sermón más famoso, presentando quién es en verdad bienaventurado a los ojos de Dios. Y pone a los que lloran justo en la lista.
Bienaventurados los que lloran. No bienaventurados los que siguen adelante rápido, o se mantienen enteros, o nunca lloran. Honra al que llora. No lo apura.
Porque ellos recibirán consolación. El consuelo es una promesa, no una exigencia de que te sientas mejor ahora. Jesús hace espacio para el duelo y garantiza el consuelo en el mismo aliento.
Así que no tienes que disculparte por seguir doliéndote. El luto no es falta de fe. Jesús lo llamó bienaventurado, y le añadió una promesa: el consuelo viene, y viene para ti.