Pablo describe cómo se ve quitarse el viejo yo y ponerse el nuevo. Y es directo con la amargura: quítala.
Toda amargura, y enojo, é ira, sea quitada de vosotros. Trata la amargura como algo que se saca a propósito, no un ánimo que se espera a que pase. No se evapora sola. Tienes que soltarla a propósito.
Luego el combustible que le da: perdonándoos los unos á los otros, como también Dios os perdonó en Cristo. El poder para perdonar no viene de que la otra persona lo merezca. Viene de recordar cuánto ya se te ha perdonado a ti.
Así que la pregunta cambia. No si se lo ganaron, sino si he olvidado lo que a mí me perdonaron. El perdón fluye hacia abajo desde el perdón que ya recibiste. Empieza ahí, y el agarre se afloja.